Indecisiones

“La verdad fuiste un desastre, pero…”

El partido empezó mal. A los cinco minutos ya perdíamos 2 a 0; un gol en contra del defensor y otro de caño a nuestro arquero anticipaba lo que podía ser una noche catastrófica. Yo todavía no había tocado la pelota, aunque la verdad mucho no me importaba, para mí lo que realmente era de vida o muerte pasaba por decidir si es mejor decirle de una vez por todas que me gusta mucho desde hace un tiempo, o esperar a que los planetas se alineen y ella sola se de cuenta de lo que siento. Difícil, no tengo mucha suerte para eso, aunque tampoco soy demasiado bueno como para decirle todo así, de una, en frío, como aquel delantero que patea sin pensarlo dos veces, pero que la manda muy lejos del arco sin darse cuenta que un compañero estaba mejor ubicado. En eso un rubio de rulos, rápido, chiquito pero gambeteador me grita: “Dale papá pedila, dale que lo damos vuelta”, y entonces me volví a meter en partido. Ya habían pasado veinticinco minutos y el resultado era realmente malo: ocho goles abajo. A esa altura ya me había puteado hasta Adrián, que es el más rústico de todos pero que estaba poniendo unos huevos enormes, algo que debo admitir, por momentos me faltaban. Levanté la mano  y pedí ir al arco, capaz desde ese lugar podía aportarle mucho más al equipo. Mientras tanto yo pensaba en otra cosa: “¿Cómo se lo digo? ¿Se lo digo?”, esperá el momento indicado me dijo un amigo cuando le conté lo que me pasaba. ¿Y cúando es el momento indicado? Yo no me doy cuenta de esas cosas ¿Por qué es tan complicado? ¿Es realmente difícil o yo me complico sólo? ¿Les pasará a todos o me pasa solamente a mí? De repente un pelotazo fuerte que explota en mi pecho no produce solamente que me vuelva a concentrar en el partido, sino también que todos mis compañeros de equipo se rompan las manos para aplaudirme. Claro, faltaban apenas algunos minutos y perdíamos por dos, lo que significaba que un gol más de ellos daría por terminado prácticamente el duelo. Un centro razante, un mal despeje, un zapatazo de afuera del área, un golazo. Habíamos descontado, ahora perdíamos por uno. Sacan del medio y patean rápido, por suerte fue una masita, lo que me permitido agarrarla con tranquilidad y salir jugando con el defensor que tira un bochazo para el delantero que la mató de pecho, que la bajó, que giró, que apuntó… que recibió un patadón de atrás fuertísimo, inesperado. Dolorido pidió ir al arco, yo lo miré y le pregunté si estaba seguro, mientras se acercaba a mi posición me decía que no podía jugar más, y el rengueo no lo dejaba mentir. Me dio una palmada en la espalda y me dijo “vamos, no lo dudes”, me lo quedé mirando algunos segundos y me pregunté a mi mismo si lo diría por la mina o por el partido. Claro, ahora es fácil, pero en ese momento para mi la historia pasaba por otro lado. Todas eran señales, o mejor dicho, todas son señales. Porque juro que no me la puedo sacar de la cabeza, y eso que nunca pasó nada, y ni siquiera lo sabe. Ni se imagina. La pelota estaba ahí, había que patear el tiro libre y nadie se acercaba a agarrarla, como mi corazón, ¿existirá alguien que lo quiera? Al fin uno se hace cargo y se para frente a la pelota, era la última. Tomó distancia y le pegó. Horrible. La pelota rebotó en la barrera y quedó ahí, boyando en el medio del área, justo frente a mí ¿Le pego o se la paso a un compañero? ¿Y si mejor amago y después defino? ¿O ni siquiera lo intento y dejo el resultado del partido así como está? ¿Se lo digo? ¿Le digo todo lo que siento? ¿O mejor espero a que otro se lo cuente para ver cómo reacciona? ¿Y si mejor me callo la boca y dejo todo como está? Muchas preguntas, muchas dudas pero pocas respuestas. Sin embargo ahora había que decidir rápido, elegí la que conlleva más responsabilidad, me la jugué y definí por mi cuenta. Con un toque sutil, cara interna del pie la puse justo al lado del palo, golazo. Fueron gritos desesperados y abrazos de felicitación, era el final del partido, era el empate, era el milagro, era una señal. Aquel rubio de rulos gambeteador se me acercó y me dijo: “La verdad fuiste un desastre, pero… hiciste el gol que cambió la historia”. ¿Será así? Si me la juego, ¿Cambiará la historia?

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Parque Patricios, un barrio detenido en el tiempo

parque patricios

Mientras la mayoría de los barrios de la Capital Federal se renuevan, crecen y se desarrollan, hay otros en los que parecería que el reloj se detuvo en algún momento y nunca nadie se preocupó en querer repararlo. Parque Patricios es uno de ellos, donde cualquier vecino contesta rápidamente que es un lugar tranquilo, en donde nunca pasa nada, pero en realidad siempre pasa de todo, menos el tiempo.

Son las tres de la tarde y estoy parado en la puerta del bar “El globito” inaugurado hace 78 años, ubicado en la esquina de Caseros y La Rioja, el corazón del barrio, y si no fuera porque el sol pega con tanta intensidad sobre el pavimento diría que sería lo mismo estar acá a las diez de la mañana o a las nueve de la noche. Todo se mantiene igual desde hace 110 años cuando al lugar se dejó de llamar Corrales Viejos para denominarlo Parque Patricios.

Luis, quien atiende el bar desde hace 50 años, podría pasar desapercibido si se dignara solamente a cumplir con su trabajo, sin embargo eso provocaría que se llame inmediatamente a la ambulancia ya que sus amigos aseguran que Luis no para de hablar un segundo. Lo llaman “la radio” porque es una máquina de charlar, y como todo en estas personas detrás de sus palabras se esconden mitos, leyendas, anécdotas e historias que sólo él sabe si son o no verdaderas.

La mayoría de los temas que se tratan ahí son de sucesos de hace por lo menos 20 años atrás, que involucran a personajes históricos que supieron sentarse en las mesas del bar como Oscar Ringo Bonavena y Horacio Acavallo, dos grandes boxeadores argentinos que dejaron su huella dentro del pugilato nacional. El primero, aunque nunca consiguió el título de campeón mundial, es considerado como una leyenda en el boxeo local y permitió que muchos chicos se volcaran a este deporte. Tal fue el fervor que despertó en la multitud que al momento de la pelea contra Muhammad Alí había logrado el record de obtener 60 puntos de rating en la televisión argentina. El segundo, que sí fue Campeón Mundial entre 1966 y 1968, nunca llegó a despertar semejante fanatismo, tal vez por su timidez ante las cámaras y principalmente con el público. Tiene 78 años y vive atrás del parque, sobre la calle Los Patos al 2900 y es común verlo los sábados por la mañana yendo a comprar facturas en la panadería “Del Parque”, que atiende Don Hugo hace 44 años.

En “el globito” sólo se habla de un tema de actualidad, y es el fútbol. Aunque el club del barrio no esté pasando por sus mejores momentos, tanto Luis como Miguel Brindisi y César Menotti, que están sentados en la mesa que está pegada al mostrador, no pierden la fe. Estos últimos son ídolos del Club Atlético Huracán, que actualmente milita en la segunda categoría del fútbol argentino, fundado en 1908 y bautizado con ese nombre recordando la proeza que realizó Jorge Newbery con el aerostato “Huracán” cuando unió La Argentina y Brasil en 13 horas de vuelo.

Huracán cuenta con 13.530 socios y se ubica en el puesto 14º en la lista de los equipos con mayor cantidad de adherentes. Sin embargo apenas el 20 por ciento de ellos realiza alguna actividad en la sede deportiva ubicada en Caseros 3159, como el Patón Basile otro famoso boxeador más conocido por sus más de doscientos tatuajes y por haber sido en algún momento el guardaespaldas de Hugo Moyano que por sus peleas adentro del ring, que se entrena todos los días en el gimnasio que lleva el nombre de Bonavena y que cuenta con el apoyo de todo el gremio camionero.

El barrio de Parque Patricios está delimitado por las calles Av. Juan de Garay, Av. Entre Ríos, Av. Vélez Sársfield, Av. Amancio Alcorta, Lafayette, Miravé, Lavardén, Vías del Ferrocarril General Belgrano, Cachi, Av. Almafuerte y Sánchez de Loria. Limita con los barrios de San Cristóbal al norte, Constitución al este, Barracas al sudeste, Nueva Pompeya al sudoeste, y Boedo al oeste.

A mediados del siglo pasado se instalaron los Mataderos del Sur de la Convalecencia, que son los que le dieron al barrio el antiguo nombre de Corrales Viejos, ya que las calles Caseros, Almafuerte, Famatina y Luna se habían cercado con postes y en su interior se faenaba ganado vacuno, porcino y ovino que era degollado presentando un espectáculo desagradable e insalubre, mezcla de sangre y de barro maloliente. No tardó mucho en servir de inspiración a los poetas: “El matadero” de Esteban Echeverría se inspiró aquí.

Ese origen vinculado con la actividad pecuaria le dio un claro tinte a sus costumbres y al asentamiento de vecinos. También se llamó Barrio de Las Ranas, por la cantidad de esos anfibios que vivían en los numerosos charcos sucios de la zona, y además se conocía a la zona como Barrio de Las Latas, porque de latas, chapas, cartones y distintos materiales en desuso eran las casas en que vivían muchos de sus habitantes, desde Cachi hasta Zavaleta, constituyendo la primera villa de emergencia que tuvo la Ciudad de Buenos Aires. Hoy es la villa miseria más grande del país, ya que se une con la 21-24 de Barracas, y forma parte del 16,5 por ciento de los habitantes de Parque Patricios.

De aquí surge la palabra arrabalera “ranero” sinónimo de rápido o avispado. Es en este mismo lugar donde existió “La Quema”, que era un vaciadero municipal donde en carro se arrastraba toda la basura y la inmundicia, para después ser quemadas. Ante la necesidad, eran muchos los que acudían a este lugar y revisaban cuidadosamente esa mezcla de excremento y desperdicios para su uso o para obtener alguna ganancia con su venta. Se los llamó “quemeros” o “cirujas”, una especie de apócope de cirujano, por la puntillosidad con que revisaban la basura.

Cristobalito, por su corte de pelo parecido al de Cristóbal Colón, es el cartonero más famoso del barrio, siempre agradece cuando se le entrega alguna moneda cantando alguna estrofa de cualquier tango que se pueda imaginar.

Porque Patricios se mueve al compás del 2×4. Por sus calles deambularon distintos artistas como Guillermo Barbieri (guitarrista de Carlos Gardel), Juan Bautista Guido (autor de Tarde Gris), Armando Tagini (compositor de Mano Cruel) y el más famoso, Enrique Santos Discepolo que paseó su juventud por la zona instalado con su hermano Armando en La Rioja 1861. Fue el autor del tango Cambalache, una canción escrita en 1934, pero que puede ser escuchada en cualquier momento y nunca pierde actualidad.

Cristobalito reapareció hace poco luego de casi dos años sin tener noticias de él. Según dijo, un vecino lo llevó obligado a un centro de rehabilitación para los adictos al paco. Se lo ve mejor, camina derecho y sus ojos están centrados, sin embargo esas, se podría decir, fueron sus últimas palabras. Esa misma noche apareció degollado y con una faca clavada en el medio del pecho. Porque es así, el barrio cuando se esconde el sol, cambia.

Para Yoyi, que atiende un local de ropa en Rondeau y Deán Funes – lugar donde apareció muerto Cristobalito – fue un ajuste de cuentas, ya que le debía plata a Marcos, un tranza (como se los conoce a los vendedores de droga) que vive en las inmediaciones de lo que hasta hace unos años era la Cárcel de Caseros.

La comisaría 32 de Parque Patricios todavía no encontró al asesino, y los vecinos dudan de su accionar. El único caso en que la policía actuó bien fue en 1912 cuando se dio el lujo de atrapar al primer asesino serial de la historia Argentina: El petiso orejudo, que vivía en la intersección de las calles Urquiza y Cátulo Castillo. Fue capturado luego de que matara a un chico de tres años hundiéndole un clavo en la cabeza. Sucedió en lo que eran las tierras del Perito Francisco Moreno, hoy transformado en un verdadero palacio educativo, llamado Instituto Félix Bernasconi, en donde asisten 4.600 alumnos distribuidos en cuatro escuelas primarias, un jardín de infantes con 18 salas, una escuela de adultos, Escuela de Coro y Orquesta y un Centro Educativo de Nivel Secundario.

Si se camina por la calle Caseros cruzando Jujuy se puede observar otro gran parque llamado Florentino Ameghino que ocupa una superficie de 46.622 metros cuadrados. En ese predio se presume que se encontraba la quinta de la familia Escalada, donde vivía Remedios, esposa del general José de San Martín.

Hace 5 años, cuando unos obreros estaban realizando obras en el parque descubrieron cientos de huesos humanos, y es que ese espacio fue utilizado como cementerio para sepultar a las más de 20 mil personas que caían como moscas por la epidemia de la fiebre amarilla.

Como una especie de extraña coincidencia, atrás del parque Ameghino, sobre Los patos y Santa Cruz se encuentra la entrada al Hospital Muñiz que se especializa en infectología. Antes estaba casi en su totalidad dedicado a tuberculosos pero hoy cuenta con pabellones donde se internan enfermos de SIDA.

Es de destacar la cantidad de hospitales que prestan servicios a la comunidad en este barrio. El Hospital Materno Infantil Ramón Sardá, inaugurado en 1935. El Hospital Churruca, perteneciente a la Policía Federal, donado por la Sra. Mercedes Churruca de Maglione en honor a la memoria de su padre, don Bartolomé Churruca. Unido a éste se levantó el Instituto Visca en el que se tratan enfermedades terminales, cuenta con una maternidad y se intercomunican por un corredor aéreo cerrado. Además entre las Avenidas Brasil y Caseros se encuentran los Hospitales “Prof. Dr. Juan Garrahan”, de pediatría, considerado un modelo en su género y el de Gastroenterología “Dr. Bonorino Udaondo”.

Según el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas realizado en 2010, en Parque Patricios viven 54.410 personas. A penas 7 mil más que hace diez años cuando se llevó a cabo el anterior relevamiento. Fue el barrio que menos creció en toda la Capital Federal. Los vecinos son siempre los mismos, las historias se parecen y Parque Patricios vive igual que desde hace 110 años.

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Recuerdos

Es lunes 27 de agosto y estoy en TEA, facultad en donde estudio periodismo. En frente tengo al profesor de la materia “Estilo periodístico” que explica y da definiciones sobre las formas de escribir una buena crónica. Faltan tan sólo diez minutos para que se termine la clase y yo empiezo a guardar la lapicera y el cuaderno dentro de mi mochila. Sin embargo, cuando todo parecía normal, el profesor deja una consigna para la próxima clase: una crónica de viaje que contenga una anécdota revolucionaria que haya cambiado tu vida.

            Me agarré la cabeza, tengo 20 años, y a priori, pocas historias para contar. A pesar de eso, algo relevante me tuvo que haber pasado, pensé. Recordé viajes con mi familia a Mendoza, Córdoba, Mar del Plata, nada. Recopilé un texto que había escrito sobre una travesía que tuve junto a un amigo por el nordeste del país, recorriendo Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Paraguay, nada. ¿El viaje a Bariloche junto a mis compañeros del secundario en junio de 2009? De ahí seguro tengo que sacar alguna anécdota. Nada.

            Es lunes 3 de septiembre, día en el cual debo entregar el trabajo. Son las 5 de la tarde y a las 7 tengo que presentar la crónica terminada. La hoja está en un blanco absoluto. No se me cae una idea y entonces pienso en resignar el trabajo, pedir disculpas y prometer que para la próxima cumpliré con lo pedido. Entro a Facebook y en mi muro un amigo me dejó un vídeo con el gol del Gallego Méndez, que jugando para San Lorenzo, le hizo sobre la hora a Newell’s en Rosario. Un gol que valía un campeonato, un gol y un viaje que cambiaron mi vida.

            El partido fue en mayo de 2007, pero la historia empezó un poco más atrás. En enero de ese mismo año recibía una de las peores noticias que un chico de 15 años puede escuchar. Sonó el teléfono y una voz dijo: “Falleció Guido, Mariano. Tuvo un accidente de tránsito”. Corté, no lo creía. Mi mejor amigo, al que conocía desde los 4 años, con el que compartí cumpleaños, fiestas, historias, ya no estaba y no estaría nunca más.

            A partir de ahí, “el infierno”. El no creer más en Dios, a pesar de ir a un colegio católico. El no querer comer, el no poder dormir, el capricho de no importarme más nada y dejar el estudio de lado y asegurarme ya en mitad de año tres materias en diciembre, cuando antes nunca me había sacado menos de cinco en un examen. Las visitas a un psicólogo no me cambiaban ni un poquito. Lo único que me alegraba era mi club, San Lorenzo, que todos los fines de semana era una tromba que ganaba y ganaba.

            Y llegó mayo, fecha 15 del Torneo Clausura. De visitante en Rosario, provincia de Santa Fe, ciudad en donde, según dicen, están las mujeres más lindas de Argentina. Donde Alberto Olmedo y Roberto Fontanarrosa, hacen, a pesar de que ya no estén, que las penas se vayan por un momento y que reine el humor, y donde Fito Páez asegura con su música que habrá recuerdos que nunca olvidará.

            Para mi ese viaje fue eso. Un recuerdo que no voy a olvidar. Un pase milimétrico del Lobo Ledesma en el minuto 40 del segundo tiempo para que el Gallego Méndez, que siendo un defensor rústico y que estaba parado como delantero, reciba de espaldas a toda la defensa Newell’s, gire y casi cayéndose ponga la pelota junto a un palo ante la salida desesperada del arquero.

            Fue un abrazo eterno con gente que no conocía, fueron lágrimas, pero esta vez de alegría. Fue un regreso a puro canto, mientras cargábamos nafta en una estación de servicio por San Pedro. Fue un pensar que si se quiere, se puede. Porque si ese defensor sin técnica pudo meter el gol que valía un campeonato, ¿Cómo no pensar que mi amigo ahora se encontraba en un mejor lugar que acá? ¿Por qué mejor no recordarlo con alegría cómo él hubiera preferido?

            Volví de Rosario renovado, con esperanza, con ilusiones. Lo primero que hice fue ir al cementerio de Flores y dejarle una foto de nosotros sonriendo. Lo segundo, prometerle a mi mamá que ahora me iba a poner las pilas con el colegio. Lo tercero fue guardarlo en mi memoria, para que a la hora de escribir una crónica de viaje, sepa sobre qué hacerlo.

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